Historia

Historia de la Cofradía de la Misericordia
Erigida canónicamente en el 1 de Julio de 1952, la cofradía de la Misericordia fue el resultado de un proyecto madurado bastantes años antes por el entonces párroco de Santo Domingo de Guzmán, Rvdo. José García Pérez, y por el benefactor Ramón Ascanio y Montemayor a cuya familia la cofradía y la parroquia deben memoria de perenne gratitud. Aquel proyecto trataba de devolver el máximo esplendor al culto de la iglesia del convento que fue sede de una de las más influyentes órdenes religiosas: la orden de predicadores de Santo Domingo. Se pretendía así rescatar la importancia que en los siglos anteriores había tenido la devoción a las imágenes de la pasión de Cristo que se encontraban en aquélla, contribuyendo en el renacimiento de la Semana Santa lagunera en su versión más contemporánea, mediante la recuperación y renovación de antiguas cofradías, ya desaparecidas, mejorando los pasos existentes y creando nuevas procesiones. Aunque también se deseaba embellecer el templo con la pintura de frescos en la totalidad de sus paredes y la apertura de un museo de arte sacro, entre otras interesantes ideas, la desaparición prematura de José García Pérez impidió que se completase en su totalidad.
La espiritualidad y la devoción que dominaba esa época fue el mejor impulso para poder no sólo restaurar aquéllas devociones tradicionales, enriqueciendo materialmente los pasos o tronos, sino también difundir valores tan importantes como la caridad, mediante la realización de una necesaria e importante obra social.
 Para entender por qué se escogió para la cofradía la denominación de la Misericordia hay que acudir a las primeras referencias históricas que en la ciudad de La Laguna hay respecto de la existencia de tales cofradías con el indicado nombre. Y ello nos lleva al antiguo Hospital de Dolores de La Laguna, fundado en 1515 como continuación del de Nuestra Señora de la Antigua ubicado en el mismo lugar desde 1507. Dicho Hospital fue administrado a partir de 1519 por una cofradía de la Misericordia, integrada por 30 cofrades bajo la dirección de Juan de Oñate, siendo quizás la indicada cofradía la misma, o bien otra diferente de la que la tradición vinculado al convento de Santo Domingo de La Laguna. En todo caso consta como, con la desamortización de 1836, el Cabildo pretendió sin éxito trasladar aquél al mencionado convento, aun cuando en 1841 se realizaron gestiones a tal efecto. Téngase en cuenta que las cofradías de la misericordia fueron instituciones que proliferaron a lo largo de la alta edad media de Europa, teniendo como piadoso fin el de atender a los enfermos, enterrar religiosamente a sus cofrades y sufragando los gastos funerarios de aquellos que carecían de todo recurso económico; de ahí su relación con la institución hospitalaria. La existencia en La Laguna de una, o probablemente varias en diferentes épocas, de estas cofradías sirvieron de referencia en nuestro siglo para fundar la actual con la misma denominación.
En la búsqueda de los orígenes del nombre de la cofradía y de la tradicional devoción al Señor de la Humildad y Paciencia y al Santísimo Cristo Difunto es imprescindible hacer referencia al convento de Santo Domingo de la Concepción de La Laguna, en cuya parroquia tiene hoy su sede la cofradía. Dicho convento fue fundado gracias a la cesión que hizo el adelantado Alonso Fernández de Lugo el 13 de mayo de 1522 de la antigua ermita de San Miguel de los Ángeles, situada en un solar de lo que después sería el convento de monjas dominicas de clausura de Santa Catalina, en la actual plaza del Adelantado.
 El padre Domingo de Mendoza, primer Vicario provincial de la orden dominica en nuestras islas, después de fundar el Convento de San Pedro Mártir en Las Palmas de Gran Canaria, hizo lo propio con el Convento y Colegio de Santo Domingo de La Laguna. El 15 de mayo de 1527, bajo los auspicios del primer prior del convento, Fray Gil de la Santa Cruz, la comunidad se trasladó a lo que sería la ubicación definitiva del convento, donde ya existía una ermita bajo la advocación de la concepción, fundándolo con el título de Santo Domingo de la Concepción. Siendo insuficiente para el sostenimiento de la orden los ingresos que obtenían, la comunidad dominica consiguió que en 1532 el Cabildo les concediera por data ciento cincuenta fanegadas de trigo anuales durante ocho años, a cambio de que la comunidad impartiese estudios de Gramática, Lógica y Filosofía. Nombrados capellanes titulares del Cabildo, los padres dominicos en 1663 pudieron constituir con el rango de Colegio doméstico de Santo Tomás los estudios hasta entonces impartidos, con todas las gracias, privilegios y honores inherentes a esta nueva categoría.
Desde la fundación del convento se inicia el culto y la devoción a Nuestra Señora del Rosario tan vinculada a la orden, siendo testimonio de ello la existencia, hasta 1530, de la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario y de la Hermandad o Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Santo Entierro de Cristo. La Hermandad del Rosario se encargó de la procesión del Señor de la Humildad y Paciencia desde que ésta le fue cedida por Magdalena Ponte, elaborando las andas de plata actuales de dicho paso en 1682 y custodiando la veneración pública de dicha imagen.
En el siglo XVIII se fundó la Cofradía de la Humildad y Paciencia de Nuestro Señor, a cuya propiedad pasó la capilla y paso del Señor Difunto, con mayordomos para ambas imágenes. A mediados del siglo XIX la cofradía terminó refundiéndose en la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, a la que siempre de una manera y otra había estado vinculada.
 Y es que la advocación del Rosario ha estado siempre muy vinculada a la tradición dominica y ello no podía ser menos en el primer convento de la orden en nuestra isla. Por ello no es extraño la fundación de una Hermandad del Rosario, importantísima e influyente a lo largo de los siglos de su existencia y que hasta nuestros días ha custodiado el legado histórico del rico tesoro que la devoción fue aportando al convento. Toda referencia al mismo debe pasar necesariamente por dicha Hermandad.
Sin embargo, la advocación del Señor de la Humildad y Paciencia está vinculada tanto a la orden dominica como a las franciscana, puesto que, al existir siempre entre las dos órdenes una especial relación, parte de la simbología de una es recogida por la otra; muestra de ello son las pinturas de la parte baja de los coros de los conventos de Santa Clara -de monjas de clausura franciscanas- y Santa Catalina -de monjas de clausura dominicas-, ambos de La Laguna.
De este modo, en Tenerife, diferentes versiones del señor de la Humildad y Paciencia se encuentran en los que fueron los conventos franciscanos de Garachico y Puerto de la Cruz, así como también en otras iglesias (San Marcos de Icod de los Vinos, Nuestra Señora de la Luz de Los Silos y La Peña de Francia del Puerto de la Cruz -este último bajo la denominación del Gran Poder-), y en los conventos dominicos de Güimar y de La Laguna, donde se encuentra la imagen que nos ocupa.
En 1847 se convierte el Convento en la sede del Sagrario Catedral, tras permanecer cerrado varios años, desarrollándose a partir de entonces en el templo diversas obras de reforma que modificaron la estructura inicial del mismo.
A pesar de la desaparición del Convento no se extinguieron las Hermandades que en el mismo habían tenido su sede, en especial la Hermandad del Rosario. Esta Hermandad acompañada en los albores de este siglo al Señor de la Humildad y Paciencia, a partir de las ocho de la noche, en su estación de penitencia del Jueves Santo, en la que siempre alguna agrupación coral interpretaba piezas religiosas acordes con la solemnidad del día; así en 1949, a su paso por el Casino de La Laguna, entonces ubicado en la calle de la Carrera, el Coro de la Parroquia de Nuestra Señora de la Paz y la Unión ejecutó “Improperios popule meus “, a 4 voces, del Maestro Victoria.
Momento emocionante ha sido siempre la salida de la procesión cuando antes rompía el silencio de la tarde la “matraca”, desaparecida en la última década. La “matraca” era un artilugio consistente en rueda de tablas fijas en forma de aspa, entre las que colgaban una serie de aldabas o mazos que al girar manualmente la citada rueda producían gran estrépito, simulando el estruendo producido por el terremoto que acompañó a las tinieblas que tuvieron lugar tras la muerte de Cristo. Dicho instrumento era utilizado los Jueves y Viernes Santo para convocar a los fieles a los cultos y en las salidas procesionales, dada la prohibición de utilizar las campanas en dichos días en reflejo del duelo que se ha de guardar por la muerte del Redentor. Los claveles rojos, símbolo de la sangre derramada por Cristo, han adornado siempre a este paso, acompañado de dos angelitos que consuelan a Cristo en su aflicción.
 Pero, tras la desaparición del convento no sólo era en la noche del Jueves Santo, cuando los fieles se reunían alrededor del Señor de la Humildad y Paciencia, sino también lo era el Lunes Santo de la mañana, cuando se celebraba una solemne liturgia oficiada cada año por relevantes predicadores. Como recordatorio de que siglos antes, a partir de 1653, el Lunes Santo era el día en que desfilaba procesionalmente esta imagen, la devoción popular conservó la celebración eucarística alrededor del señor de la Humildad y Paciencia en ese mismo día, aun cuando su procesión ya se había trasladado al Jueves Santo. Hoy en día sigue siendo así aunque desde los años ochenta el nuevo ritmo de vida de la ciudad ha obligado a celebrarlo en la tarde y no en la mañana. También consta que en los principios salía a la calle el Domingo de Ramos por la tarde.
Hasta finales del siglo XVII la procesión del Señor de la Humildad y Paciencia tenía lugar en la tarde del Domingo de Ramos, más tarde pasó al Lunes santo por la mañana, e incluso hubo un intento de celebrarla en la mañana del Miércoles Santo; desde finales del siglo pasado tiene lugar en la tarde del Jueves Santo. En todo caso, desde principios del siglo XVIII desfilaba procesionalmente acompañada de la Virgen de la Soledad, San Juan y la Magdalena.
En la Cuaresma se organizaba cada año un triduo en honor del señor Difunto hasta que coincidiendo con la época de decadencia de la Semana Santa en La Laguna, en los años setenta, dejó de celebrase.
A las cuatro de la tarde del Viernes Santo tenía lugar la estación de penitencia del Santo Cristo Difunto en la Procesión del Santo Cristo Difunto en la Procesión del Santo Entierro que salía desee la Iglesia de Santo Domingo hasta la Catedral, haciendo el recorrido completo hasta la Plaza de la Concepción y acompañado por la Virgen de la Soledad de la iglesia de Santo Domingo. A partir de la década de los cuarenta acudían a esta Procesión el Clero Parroquial, el Seminario Diocesano, la Hermandad del Santísimo y la del Rosario, la Corporación Municipal en pleno y bajo mazas, así como una escolta de las tropas de la guarnición de La Laguna. Desde el primer tercio de este siglo, en que dejó de salir a hombros, la familia Rodríguez Ramos ha velado por conservar hasta hoy en día la procesión del Santo Entierro.
 Los adornos de este paso fueron siempre austeros: crisantemos, claveles o rosas blancas y los originales tulipanes. Actualmente se combinan lirios morados y blancos. Mención especial debe hacerse de Leoncio Bacallado Díaz que durante muchos años colaboró desinteresadamente en los arreglos florales de dicho paso.
A las cinco de la tarde del Viernes Santo, después de la Procesión del Traslado del Señor Difunto, tiene lugar la Procesión Magna desde que así lo dispuso el Obispo Fray Albino. En la Procesión Magna el Señor de la Humildad y Paciencia era acompañado por las Hermandades de Caballeros, las Conferencias de San Vicente de Paúl y la Hermandad del Santísimo de la Catedral, dado que la Hermandad del Rosario acompañaba a la Virgen de la Soledad de la Iglesia de Santo Domingo. El paso del Señor de la Humildad y Paciencia iba detrás de Jesús Nazareno, conocido popularmente como “ el señor de la cruz a cuestas “ de la Iglesia de San Agustín, acompañado, como lo es en la actualidad, por el Colegio de los hermanos de la Doctrina Cristiana de la Salle. Detrás desfilaba procesionalmente la Dolorosa de la Iglesia de la Concepción, conocida popularmente como “ La Predilecta “, del escultor grancanario Luján Pérez.
Por su parte, el paso del Señor Difunto, o paso del Santo Entierro, cerraba la Procesión Magna acompañado por el Seminario Conciliar en pleno y escoltado por la Guardia Civil. Al retornar la Procesión a la Catedral tenía lugar el Sermón del Santo Entierro, ya desaparecido, donde destacó por sus especiales dotes oratorias el párroco de Santo Domingo, José García Pérez.
A partir de los años cincuenta las celebraciones de la Semana Santa en La Laguna comienzan a recobrar el esplendor de los siglos anteriores con la versión actual de nuevas cofradías. De este modo en 1950 se reorganiza la antigua Hermandad de la Sangre de Cristo de la Flagelación en la iglesia Catedral. Además de la Cofradía de la Misericordia, en la iglesia de Santo Domingo se fundan la Cofradía de la Unción y Mortaja de Cristo y la Sección Penitencial de la Venerable Hermandad del Rosario, constituyéndose esta última en depositaria de la tradición secular de la Hermandad del Rosario.
 La Cofradía de la Misericordia vela desde entonces por conservar las tradicionales devociones a sus titulares, el Señor de la Humildad y Paciencia y el Santísimo Cristo Difunto, custodiándolos, procurando que los cultos a ellos dedicados revistan el máximo esplendor y atendiendo a los más pobres en sus necesidades.
Pronto se integraron en la misma un gran número de cofrades procedentes de los diversos sectores sociales con ese único afán, consiguiendo que el mensaje evangélico se haya ido transformando y adaptando a los nuevos tiempos a pesar del largo tiempo transcurrido.
Bajo el mandato de los primeros cofrades mayores Ramón Ascanio y Togores y Juan Marti y Martinez de Ocampo, los esfuerzos se centraron en la ampliación y mejora del paso del Señor de la Humildad y Paciencia. Se encargó del diseño del nuevo paso el cofrade Antonio Monteverde y Ascanio, (Cofrade Mayor en 1957), y de su ejecución Cesar Fernández Molina platero de esta localidad, por ser conocida su valía y honradez en su modalidad artística. Colaboraron en tal labor el taller de carpintería del Reformatorio de Menores de La Laguna bajo la dirección del maestro Rojas y con el asesoramiento del entonces Sacristán Mayor de la Parroquia Evelio Cedrés.
La financiación de la obra ascendió a 50.000 pesetas y fue asumida por la Cofradía a través de los numerosos donativos de los cofrades y de los fieles, contándose para ello con una subvención del Ministerio de Información y Turismo, que ascendió a 7.500 pesetas, gestionada a través del Subsecretario Manuel Cerviá Cabrera, Cofrade Mayor honorario de la institución e Hijo Adoptivo de la Ciudad de La Laguna.
La Cruz que completa el Paso del Señor de la Humildad y Paciencia fue realizada en 1954 por el maestro Manuel Hernández y donada por el Cofrade Mayor Rodolfo Núñez Guerra, mientras que las cantoneras de plata que la adornan fueron obra del maestro Molina en el año 1956 y donadas anónimamente.
El hábito penitencial de la Cofradía, no exento del simbolismo relativo a las advocaciones de sus titulares, está compuesto por una túnica blanca (símbolo de la pureza ), así como por capa, capuchón y cíngulo morados (el color del sufrimiento, de la piedad y la humildad). El lado superior izquierdo de la capa ostenta la insignia del Santo Entierro, consistente en la cruz patriarcal del Santo Sepulcro que también da forma a la cruz guía procesional de madera. En la parte inferior del capuchón destaca la insignia del Señor de la Humildad y Paciencia: una corona de espinas, la que ciñó la frente de Cristo tras ser azotado, con una cruz ladeada, la misma que habría de llevar al Gólgota. La Bandera originaria con los colores e insignias de la Cofradía fue donada por Juana de Ascanio y Montemayor y restaurada en 1994.
 La religión, igual que inicia al hombre en la vida y no le abandona en su tránsito de ella, sino que le acompaña en los últimos momentos y le custodia incluso una vez enterrado, celebra la muerte gloriosa de Cristo en el Triduo Pascual. Así siendo titular de la Cofradía de la Misericordia el Señor Difunto, acompaña también su paso en la estación de penitencia de la tarde y noche del Viernes Santo: el silencio entre el doblar de campanas que anuncia que ha desaparecido un hermano, el agua bendita purificadora del alma y el incienso que con su perfume simboliza la oración que se eleva a lo alto llenan la tarde del Viernes Santo lagunero, mientras en la noche es el imperturbable silencio, sólo roto por la fría y suave brisa de Aguere, el que nos invita inexorablemente a la meditación y la esperanza de una segura resurrección.
La Procesión del Silencio tuvo lugar por primera vez en la noche del Viernes Santo de 1953. En 1956, siendo cofrade mayor Juan Ruiz Benitez de Lugo y Zárate, la Junta de Gobierno acuerda dar realización al proyecto de parihuelas para portar la urna de plata del Señor Difunto, donada en 1732 por el devoto Amaro Rodríguez de Felipe, conocido popularmente como el corsario Amaro Pargo, cuyos restos descansan, junto con el resto de su familia, en la capilla debajo del coro de la iglesia de Santo Domingo.
Amaro Rodríguez de Felipe fue en realidad un caballero aventurero que se dedico al saqueo y a la piratería, destinando la mayor parte de sus riquezas a sufragar obras piadosas y en especial a favorecer a los conventos dominicos de Santo Domingo y de Santa Catalina de La Laguna, donde tenía una hermana monja. La veneración que profesó por Sor María de Jesús, cuyo cuerpo incorrupto se conserva en el mencionado convento, guió su azarosa vida que siempre encomendó a su protección.
En la organización de la Procesión del Silencio, en un primer momento, se intentó turnar por riguroso orden de antigüedad a todas las cofradías y hermandades penitenciales para portar al Señor Difunto, e incluso que cada una de ellas aportara dos cofrades para tal fin. Finalmente se consolidó la versión actual de dicha Procesión en la que catorce Cofrades de la Misericordia tienen ese honor que se ha ido transmitiendo de padres a hijos.
En la Procesión del Silencio la Cofradía invita a las demás cofradías y hermandades de la Ciudad a que acompañen esta procesión, solicitando de todos los asistentes el juramento de silencio que debe respetarse rigurosamente durante todo el recorrido, desde la Santa iglesia Catedral a la de Santo Domingo de Guzmán. A la llegada a dicha Iglesia tiene lugar el tradicional y multitudinario besapiés de la imagen de Cristo Difunto, recientemente recuperado tras unos años en que se realizaba la ceremonia de dar sepultura a Cristo, dando con ello por terminado el Triduo Pascual.
En la antigua ceremonia de dar sepultura al Señor, los miembros de la Cofradía de la Unción y Mortaja de Cristo eran los encargados de trasladar la imagen del Cristo Difunto desde su urna de plata colocada en el presbiterio tras la Procesión, hasta los pies del altar donde se depositaba en lo que simulaba ser el sepulcro, cerrándose con una tapa que se dejaba caer con gran estruendo, simulando así el ruido que la losa del sepulcro debió haber producido al sellar el sepulcro de Cristo.
Entre 1958 y 1968 se produce una consolidación de la cofradía en el panorama de la Semana Santa lagunera, gracias a la labor de los Cofrades Mayores de esos años: Juan Antonio Cruz Auñón (1958), Fabio González Machado (1959), Juan Rodríguez Febles (1960), Orlando Febles González (1961), José Cataño Madroñal (1962), Marceliano Izquierdo Rodríguez (1963), Alejandro Fuentes Galván (1964 y 1965), José Antonio de la Torre Granado (1966), Jaime Ascanio y Togores (1967) y Ramón González de Mesa y Machado (1968).
 A lo largo de los años setenta, en especial entre 1977 y 1981, las celebraciones de la Semana Santa de La Laguna entran en un manifiesto estancamiento; no por ello se dejó en ningún año de conmemorar el Triduo Pascual con la mayor solemnidad posible a pesar de la escasa participación de cofrades y fieles en las mismas. Afrontaron estas dificultades los Cofrades Mayores Fernando de Ascanio y Estanga, Agustín Rodríguez de la Sierra y López, Eulogio Antonio Hernández Arbelo, Pascual Juan Pérez García, Ángel Rojas González, Juan Antonio de Osuna y Torres, Miguel Hernández Rodríguez y Rosendo Hernández García.
A partir de 1981 comienza una nueva etapa en la que las nuevas generaciones descendientes de los fundadores retoman el pulso de la cofradía en particular y de la Semana Santa en La Laguna en general. Fueron Cofrade Mayor en estos años: José Ángel García González, Manuel Iglesias de Ascanio Groth, Francisco José García Forte, Javier Romero Girón y del Castillo y José María Cruz-Auñón y Briones.
Entre 1987 y 1988 la Cofradía de la Misericordia se reorganizó administrativamente y procedió a la adecuación de sus Reglas o Estatutos al nuevo Código de Derecho Canónico de dicho año, acorde con las directrices diocesanas, siendo cofrades mayores Domingo José Hernández Yanes y Jesús Carmona González.
La Cofradía restauró en estos años la urna de plata del Señor Difunto, encargándose de ello el orfebre Juan Ángel González con el asesoramiento del artista Vicente González Falcón, y bajo la dirección del cofrade mayor en 1991 y 1992 José María García Maury-Verdugo. Haciendo frente a un presupuesto de casi un millón de pesetas, el celo de un grupo de jóvenes cofrades y la colaboración de multitud de anónimos fieles lograron superar todos los inconvenientes a que se enfrentaron.
Entre 1983 y 1984, siendo Cofrade Mayor José Luis Vega Rodríguez, se realizaron diversas mejoras en el Paso del Señor de la Humildad y Paciencia consistentes en retoques en los encajes y andas de plata y en una nueva iluminación. También en el paso del Señor Difunto, restaurando y ampliando los faroles de plata.
En estos años comenzó a gestarse el proyecto de restauración de la imagen del Señor de la Humildad y Paciencia que culminó en 1996 a cargo de las licenciadas Mercedes Martín de la Sierra y María José Mir Fernández. Dicho proyecto culminó gracias a la iniciativa de la Cofradía con la colaboración del Ayuntamiento de La Laguna y del Cabildo Insular de Tenerife. Fueron Cofrades Mayores en esta época Juan José Miguel Pérez García y Francisco J. Martin-Neda y Buergo y Antonio Hernández Arvelo. Han sido también Cofrades Mayores Pedro Gutiérrez Hernández (1997-1998), Rafael Hernández Díaz (1999), Josefina Suárez Paz (2000) y Juan Luis Maury-Verdugo García (2001 y 2002).
Entre otros proyectos terminados se encuentra la restauración de la imagen del Señor Difunto en el año 1999 bajo la dirección del prestigioso restaurador Pablo F. Amador Marrero y el Retablo de la Capilla del Señor de la Humildad y Paciencia en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán a iniciativa de la Cofradía.
 A modo de homenaje debemos hacer especial referencia a los Directores Espirituales de la Cofradía: Rvdo. José García Pérez, impulsor incansable de las cofradías de la Iglesia de Santo Domingo y artífice de la obra de restauración del templo, Rvdo. Miguel Hernández Jorge, continuador en la consolidación de la cofradía y Rvdo. Vicente Cruz Gil, con quién se inició un nuevo período para el desarrollo de la misma. Han sido Directores Espirituales los párrocos de la Iglesia de Santo Domingo don Alejandro Hernández González y actualmente don Lucio González Gorrín.
También es de destacar cómo la Cofradía ha elaborado en 1993 y 1994 dos videos sobre la Semana Santa en La Laguna, patrocinando la grabación de piezas musicales de Semana Santa por parte de la Banda de cornetas y tambores de la Cofradía que funcionó como tal desde 1991 hasta 1997.
La Cofradía celebró el L Aniversario de su fundación, (1 de julio de 2002 a 1 de julio de 2003), con diversos actos conmemorativos celebrados en ese período.
Con posterioridad, han sido Cofrades Mayores Jesús Maury-Verdugo García (2003-2004); Juan Fajardo Tabares (2005); José María Ribas Pérez (2006); Francisco José Rojas Wangüemert (2007); Celestina Albelo Hernández (2008-2009);Miguel Hernández Hernández (2010-2011).
En los últimos años se ha venido realizando, bajo el espíritu cristiano que nos guía, una continua labor de caridad, al amparo de las palabras de San Agustín “En la Caridad todo pobre es rico; sin la Caridad todo rico es pobre”, colabornado con los más necesitados, bien directamente o a través de diversas asociaciones benéficas y sociales.
En definitiva, como todas las tradiciones que en lo esencial han de conservarse, la Cofradía continúa con la misma labor y el mismo proyecto que sus fundadores idearon, para lograr de la manera más plena difundir el mensaje evangélico, preservando con el mayor celo y espíritu de hermandad posible el legado histórico que ella tiene depositado.Principio del formulario

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